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Cuando tu castillo se cae, recuerda estas preciosas tardes de esperanza

La entrada de los vientos alisios han trasformado ya las tardes oscuras llenas de nubarrones en preciosas tardes de esperanza.

Atrás han quedado las tarde-noches bochornosas y el frió nos eriza la piel con cada soplido. Los techos de las casas suenan ante el soplo de Nótos, Dios del viento y los pericos revolotean en su viaje a tierras mas cálidas.

Estamos en la época perfecta del año, donde el dolor se transforma en esperanza.

Antes solía abrir la ventana de mi casa y miraba hacia el este en esta época, desafiaba al frió de la noche y no apartaba mi mirada de la gran sombra que proyectaban mis montañas en la noche.

Miraba hacia abajo y veía las copas de los árboles que tanto quiso mi papá tener, casi las podía tocar. Aun recuerdo sus primeros brotes y del como yo ilusionado festejaba ver los árboles llenos de flores.

Y dos ojos desde abajo nunca apartaban su mirada a su amo, espiaban cada uno de mis movimientos, esperando una muestra de cariño.

Había construido con mi compañera la fortaleza perfecta, la que nos protegería en todo momento. Error.

Es curioso, siempre tuve la sensación que esos instantes de paz no serían eternos, y que la gran prueba llegaría. Y así fue, la culebra (Satán) que una vez vi entrar debajo de la cama matrimonial y que intente sacar tantas veces, construía su madriguera para atacar desde adentro y sucedió. Se cumplía la amenaza que me hizo 18 años atrás, cuando en una liberación de una chica, me amenazo por ser instrumento de Dios.

Primero fue la imposibilidad de ver el sufrimiento de la que fue mi amada, después fue somnolencia en la fé y después confusión, posteriormente se clavaron los dientes de la víbora en la yugular, la serpiente tiro a matar, como un conejo después de ser inyectado por el veneno, mi cuerpo convulsiono sin respuesta, estrellandose a empeñones contra las piedras y causándose mucho daño.

Cuando desperté del ataque, ya no tenia nada, todo lo que tuvo valor en mi vida, sueños construidos desde mucho tiempo atrás, yacían en ruinas,  intente regresar pero no se me permitió poner nuevamente una piedra en mi paraíso, quería reconstruirlo todo de nuevo, pero cuando lo intentaba, las pocas paredes que quedan en pie terminaban de ser derribadas. Con dolor y sufrimiento empece a caminar, negándome a aceptarlo, empezó el destierro.

Año y medio camine, viviendo solo de recuerdos, de dolor, de reproches, de contiendas, los que creí mis amigos, fueron los primeros que me dieron la espalda. Muchas noches quise quitarme la vida, pero las caricias de mi ancla (mi hija) nunca me permitieron dar el paso, por ella aguante todo, por ella no lo hice, no permitiría que se quedara sin papá, ya la había hecho sufrir suficiente, liquidando la familia que Dios siempre quiso para su vida.

Ahora estoy completamente fuera de los que fueron mis territorios y por fin lo acepte, lo perdí.

Ya no vivo en mi paraíso, en la tierra que desde lejos veía a los ángeles arar preparándola. Hoy vivo en un lugar pequeño que no es mio, sin vista hacia mis preciosas montañas, ya no veo como casi puedo alcanzar las copas de los árboles con mi mano, ni puedo retar al frío viento del este.

Pero al menos Dios me concedió un lugar pequeño y seguro, donde mi hija lo siente también su hogar, donde ella se siente segura y donde Dios me ha hablado sin parar.

Otra vez el viento se escucha fuerte en los tejados, mi pequeña hoy esta conmigo, duerme plácidamente, la noche esta despejada y muy oscura, no hay luna.

Pronto tendré que irme de este lugar de sanación, de este lugar que me vio tantas noches llorar, preguntándole a Dios “Porque?”.

No se donde viviré, pero si se que quiero alejarme aun más del pasado, necesito empezar de nuevo, con nuevos recuerdos, con nuevas esperanzas y talvez con nuevas montañas.

Siento nuevamente la bendición de Dios que me toca. Aun hay muchas sombras que se aparecen, con sus amenazas o trayendo recuerdos de dolor, pero empiezo a tener nuevamente las fuerzas para empezar a construir, en una nueva tierra, en una tierra que ojala este siendo arada también por ángeles.

No se si volveré a sentirme como me sentía ahí, pero me he prometido a mi mismo y por mi ángel, mi pequeña, que lo intentaré. Y hasta el último de mis días, intentare construir un nuevo paraíso amurallado, donde pueda nuevamente poner mi rostro al viento en estas épocas y respirar ese aire de libertad con mi ángel.

Luchare por volver a ver los brotes de nuevos árboles que sembrare y cuando esto suceda, gritaré al cielo para que me escuche mi padre. Si Dios me concede la gracia, le elevare un altar a la virgen en la entrada de mi propia casa, donde pueda ver claramente como la Guadalupana, todos los días, pisa la cabeza de la serpiente.

Cuando erija su altar, me reiré y con sarcasmo le gritare a la serpiente, diciendo, no me pudiste matar, hiciste mucho daño, pero no me pudiste matar y tú por fin, estas vencida.

Y si he de morir antes que esto suceda, se que ya vencí, vencí en la gran prueba, y mi alma será libre para contemplar por una eternidad, mis preciosas montañas. Y mi hija heredará el paraíso que un día se me negó y talvez descubra el placer que se siente en esta época, retar al viento del este, en estas preciosas tardes de esperanza.

 

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